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La importancia de la “mayoría”

Cualquier toma de posiciones frente a un hecho es un asunto complejo. Podríamos asumir que requiere una dinámica intelectual de cierta profundidad, que considere al menos un set inicial de premisas, creencias o datos, alguna evidencia empírica y que pueda ser reforzada con opiniones expertas. Siguiendo esta lógica, los individuos podrían determinar si algo les parece excelente, aceptable, indiferente o, por el contrario, rechazable y que hay que combatirlo.

Pero actualmente, este proceso riguroso no se está llevando a cabo de la forma en que lo requeriría una sociedad en transformación. El exceso de complejidad, la incerteza en la fidelidad de los datos, la escasez de tiempo o de ganas para efectuar un análisis más profundo, o la simple falta de competencias para hacerlo, hace que muchos busquen otros caminos para definir sus posturas frente a temas país.

Y este es territorio fértil para que florezca el fenómeno de “la influencia de la mayoría”. Es el espacio en el que naturalmente, los individuos se rinden y abandonan su propio análisis para confiárselo a lo que dicta la multitud. Este proceso, denominado en la década de los 50 como “sesgo de conformidad” por el psicólogo Salomon Asch, muestra que los individuos prefieren repetir lo que diga el grupo, aunque no estén de acuerdo, antes que ser la única voz disonante. Este experimento social, se basa tanto en la creencia de que si todos opinan lo mismo debe ser verdad (como si la verdad se descubriera de manera democrática) y en la necesidad de pertenecer a un grupo (seré castigado si pienso distinto a la mayoría).

Pues bien, 70 años después, el “sesgo de conformidad” sigue más vigente que nunca. Pero, con la llegada de internet y de las redes sociales, el concepto de mayoría ha cambiado radicalmente; ya no existe un mainstream que nos permita reconocer una opinión amplia, transversal y común de la sociedad. Al contrario, en una realidad atomizada por distintos hábitos de consumo de información, diferentes creencias e intereses y la omnipresente influencia de los algoritmos de contenido que los segmentan por grupos afines, solo podemos optar a la percepción personal de lo que es la opinión común.

De esta manera, el proceso de toma de posiciones se simplifica a lo que el individuo cree que es lo que dice la mayoría (o mejor dicho, lo que dice “su” mayoría), desestimando cualquier otro set de datos o evidencia para quedarse solo con las opiniones de los que él define como líderes de opinión.

En este escenario, el proceso constituyente, el sistema de pensiones, la delincuencia y el narcotráfico, el flujo de inmigrantes, la efectividad de las vacunas o la probidad de los políticos, son algunos de muchos temas fundamentales que hoy se ven afectados por el “sesgo de conformidad”.

Y en un Chile que se enfrenta a una transformación histórica, vale la pena entonces cuestionarse algunas cosas al respecto:

¿El análisis profundo, la evidencia y la rigurosidad tienen alguna posibilidad de éxito en este entorno?

Desde el momento en que los individuos ceden su análisis a la percepción de “su” mayoría, renuncian a la capacidad de interpretar este tipo de información, por lo que la evidencia pierde su poder de influencia. En este esquema, la única manera de que una evidencia logre influir en la decisión de una persona es que sea incluida en los argumentos de su líder de opinión y así pueda ser adoptada finalmente por sus seguidores, creando nuevamente la percepción de mayoría en torno a esa idea.
Así, la verdad por sí misma, sin una plataforma de validación, deja de ser relevante para la opinión de las personas.

¿Cómo están respondiendo los líderes políticos y figuras públicas a este fenómeno?

Es difícil aislar este fenómeno de los tradicionales comportamientos cazavotos o derechamente populistas, pues funcionan bajo la misma dinámica de convertirse o posicionarse como elección de la mayoría, pudiendo así aprovechar el sesgo del bandwagon, que formula la existencia de una tendencia a votar por la opción mejor proyectada para así “subirse al carro de la victoria”.
En el último año, hemos visto cómo aumentan los casos en los que autoridades elegidas le han dado la espalda a sus declaraciones de principios y sus lógicas partidarias solo para tratar de sumarse a lo que quiere, se asume, que desea la mayoría.
En contraposición, el “sesgo de conformidad” está haciendo estragos en los escasos casos contrarios, puesto que cada vez que una autoridad política ha mantenido su postura a pesar de lo que dicta la mayoría, esto le ha valido un enorme castigo en aceptación y popularidad (es el caso de los diputados Boric, Auth o del ex ministro Ignacio Briones).

¿Es posible gestionar o articular percepciones de lo que es la mayoría? Y, más importante, ¿hay alguna colectividad, grupo o partido que hoy se esté aprovechando de este fenómeno?

Ambas respuestas son afirmativas. Hace años que tanto gobiernos como partidos políticos, han tratado de utilizar las redes sociales como amplificadores a favor de sus intereses y en contra de sus detractores.
Primero, se contrataron torpes estrategias de bots (que a través de cuentas falsas hacían parecer mayor adhesión a una postura) y ahora, con equipos más articulados, se usan estrategias de amplificación más sofisticadas, como la difusión organizada (donde un usuario genera un posteo, luego una serie de sus correligionarios lo difunden y comparten hasta que este llega “validado” a la cuenta de sus líderes, que aprovechan la instancia para consolidar su amplificación, apropiarse del tema y hacerlo parte de esta mayoría).

En ambos casos, se trata de hacer ver a una audiencia que una opinión es la opinión de la mayoría, aunque no existe certeza ni relación directa con la intención estadísticamente mayoritaria.

En Chile, esta última duda debiera aclararse en la próxima elección de gobernadores, alcaldes, concejales y constituyentes, puesto que después de muchos meses, se pondrán a prueba convicciones políticas y proyectos país de manera estrictamente democrática y no solo a través de las percepciones abstractas de las redes sociales. El sufragio real (y no a través de Facebook o Twitter) será la prueba de blancura para conocer quiénes realmente tienen la mayoría y dejar atrás a todos aquellos que solo dicen tenerla.

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